Aurora - Relato de Ficción Polo Geraldo Escritor

Aurora

Aurora Relato Polo Geraldo Escritor

Aurora Söller cerró el libro que tenía entre sus manos y volvió a la realidad del rítmico traqueteo del tren. Miró hacia la ventana y vio los cerros verdes; era finales de agosto y, a pesar de que ella era tremendamente alérgica, siempre le había gustado ver los cerros cubiertos por los retoños de los pastizales que comenzaban a crecer después de las constantes lluvias. Un destello circular celeste, casi calipso, reflejado en la ventana del tren, la hizo enfocar.

Un poco más adelante, en el pasillo del tren, una mujer con traje gris iba inmóvil, inexpresiva, casi como si no estuviera del todo en el mundo. En su cuello, el inconfundible dispositivo interlink se prendía y apagaba suavemente, como si estuviese respirando.

Aurora miró el rostro de la mujer: no sabía si estaba feliz o triste, no sabía si estaba pensando o si simplemente estaba «ida». Se preguntó qué se sentiría estar conectada a todos. Las abejas estaban conectadas entre sí, pero, aunque Aurora era una férrea reticente a implantarse el chip, siempre había tenido la curiosidad de experimentar qué se sentiría saber todo al instante; poder ir caminando por las calles y saber exactamente quién construyó aquel edificio y qué historias guardaban todos los lugares.

Lo que más aterraba a Aurora era que sus pensamientos fueran de dominio de un algoritmo, de una empresa que descompondría su experiencia de vida y la llevaría a fríos números que servirían para alimentar el hambre insaciable de las inteligencias artificiales cuánticas. Siempre había pensado que, si se implantaba el chip, nunca sabría si seguiría siendo ella misma o si sus pensamientos y emociones estarían determinados por la conveniencia de la IA. Pero eso no significaba que algún día no quisiera simplemente echar «una mirada» a lo que se sentía estar conectado.

Nunca había sido creyente de ninguna fe, nunca se sintió conectada a nada, a un gran espíritu o a la naturaleza; para Aurora, su mundo interior era simplemente ella misma.

Aurora se preguntó si aquella mujer, que parecía hipnotizada, alguna vez iría a tomar de nuevo un libro por el simple placer de leer, de sentir la textura de las páginas desgastadas en sus dedos, ese «olor a libro», o si lo descargaría directamente a su corteza cerebral en milisegundos y habría entendido completamente todos los contextos que puede llegar a tener un buen texto.

En ese momento sintió algo de lástima por aquella mujer y se puso a pensar cuáles habrían sido sus motivaciones para preferir la inmediatez por sobre el ritmo, la pausa, el error, el encontrarle la gracia a ese error y luego volver a intentar, una vez más, aquello que quería aprender o hacer… «Quizás sea abogada», pensó, mirando su traje formal y gris. Muchos abogados se habían chipeado luego de que las personas comenzaran a preferir ser defendidas por agentes digitales. O quizás era una doctora… No, no parecía ser doctora, su semblante era demasiado neutral.

Luego de unos minutos en los que Aurora intentó adivinar la respuesta, un movimiento brusco del tren hizo que la mujer y todos en el vagón se sacudieran, y la piocha del gobierno saltó por encima de la solapa de su traje. Aurora no alcanzó a distinguir bien qué decía exactamente su identificación, y no quería ser demasiado obvia, así que volvió a mirar hacia la ventana. Ya estaba llegando a la ciudad.

Los inmensos edificios de cristal, las calles ahora casi desiertas, todo completamente ordenado. Cuando Aurora salió del tren y caminó por la estación, se quedó congelada, estupefacta. Entre los sillones de espera, dos niños estaban jugando; vestían trajes amarillos y naranjas, y contrastaban tanto con las demás personas que era imposible no notar que estaban ahí. En el pueblo en el que Aurora vivía, simplemente ya no se veían niños; ella y su hermana eran, de hecho, las personas más jóvenes de todo el lugar. Un pueblo de «inconexos», como les decían los de la ciudad a los que no se habían puesto el chip.

Aurora miró maravillada a los pequeños jugando como niños e intentó buscar con la mirada a sus padres; tenía aún más ansias de saber cómo serían. Pero todos los adultos que estaban ahí parecían no reparar en ellos, pasaban de largo, algunos apurados, otros con paso más lento. Cuando estuvo al lado de los niños, Aurora se detuvo y carraspeó para que la miraran. Ellos estaban tan absortos jugando a los autitos en los sillones de la estación que no notaron su presencia.

—¡Ejem! —volvió a toser.

Esta vez los niños se quedaron mirándola. El mayor tendría unos ocho años y el menor, unos seis. Con sus ojos grandes observaron a Aurora, y luego de que ella les sonriera e hiciera el amago de hablarles, ambos salieron corriendo por la estación como si hubiesen visto un fantasma. Aurora se quedó con el «¡Hola, niños!» entre los dientes. Los vio correr hasta que se perdieron en un pasillo en dirección al andén 7.

Se sintió rechazada y un poco avergonzada. Tras ver cómo se perdían en el andén, respiró, encogió los hombros y se dio media vuelta. Luego, siguió caminando hacia el exterior de la estación metropolitana. Al salir, sintió el zumbido en el aire que provocaban los numerosos drones de vigilancia. El cielo estaba lleno de pequeños aparatos que emitían luces rojas parpadeantes. Bajó la vista y se puso a caminar rápido, con la sensación de que varios de esos drones la estaban acechando.

Ante la incomodidad de los vigilantes, miró hacia arriba y, sin querer, chocó con un hombre que iba mirando el suelo. El impacto fue seco y violento.

—¡Mierda! —exclamó el hombre, asustado. También traía un libro en sus manos.

—Disculpe —dijo Aurora, agachándose instintivamente para recoger su libro, que había caído junto al del hombre.

En la portada del ejemplar del extraño se leía Crónica de una muerte anunciada. Lo recogió y se lo tendió al hombre, que también se había agachado a recuperar el suyo.

—La elegancia del erizo… Este aún no lo leo. ¿Es bueno? —preguntó el hombre mientras le pasaba el libro a Aurora, mirándola por unos segundos directamente a sus ojos azules, casi calipsos.

Aurora se quedó muda. Quiso hablar, pero la mirada de aquel sujeto era magnética, sincera y un poco triste. Ambos se incorporaron sin dejar de mirarse.

—Soy Miguel —se presentó el hombre, extendiéndole la mano.

Ella la miró y, torpemente, le ofreció su mano derecha, en la que aún sostenía el libro. Miguel bajó la vista hacia el volumen, tomó el borde libre de este y lo sacudió suavemente junto con la mano de Aurora, esbozando una sonrisa.

—Aurora… —alcanzó a decir ella.

—Mucho gusto. Y… Aurora, ¿me recomiendas el libro?

—Sí…

—Ok, lo leeré después de terminar este.

—Sí…

—Ok… Bueno, Aurora, es un lindo nombre. Ya tengo que irme…

—Sí…

—Ok. Fue un gusto conocerte.

—…

Miguel Correa la miró y, aunque le habría encantado saber algo más de ella, apretó los labios y siguió caminando. Aurora se quedó ahí, sin entender por qué se había quedado completamente muda; por lo general, ella era bastante locuaz y espontánea. Pensó en miles de frases que hubieran estado mejor que sus tres «Sí…». Cuando volteó, Miguel se venía acercando nuevamente a ella.

—Disculpa, nos acabamos de conocer, pero… ¿te podría invitar un café o algo?

Aurora, nuevamente, se quedó congelada por unos instantes.

—No conozco muy bien por acá… Acabo de llegar.

—Bueno, a media cuadra hay un café que vi cuando venía hacia la estación. Tampoco soy de acá, pero se veía interesante. Si quieres, te invito algo.

—Me gustaría, pero tengo que ir a una entrevista de trabajo.

—Oh, entiendo. Bueno, valía la pena intentarlo. Que te vaya muy bien en tu entrevista.

—Gracias…

Miguel se dio media vuelta y Aurora se quedó mirando a aquel hombre que caminaba con un abrigo largo y gris. Y que, a pesar de no tener nada de extraordinario a simple vista, parecía guardar una chispa distinta.

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Este Relato Corto se conecta con el Relato Bicho Raro, que puedes encontrar tambien en mi blog.

Es muy probable que siga con este universo, mientras tanto les dejo un abrazo.

Polo.

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