Relato de Ciencia Ficción Murphy, una loca teoria del universo. Polo Geraldo

Murphy

Relato de Ciencia Ficción Murphy, una loca teoria del universo. Polo Geraldo

—Todo lo que puede pasar, pasará —dijo Ángela, mirando a los ojos de Joaquín. Enseguida apretó el botón de inicio de la realidad aleatoria, y el zumbido de la máquina comenzó a hacer vibrar las paredes del cubículo en donde estaba parado Joaquín.

La vibración comenzó a sentirse como un leve hormigueo en las manos del joven profesor de física teórica. Pronto sintió la misma sensación en todo el cuerpo; se sentía como un escalofrío que poco a poco le recorría la espina dorsal, hasta que, al mirarse las manos, Joaquín comenzó a ver un doble contorno. No pasaron muchos segundos antes de que Joaquín sintiera esa sequedad en la boca a la que ya se estaba acostumbrando, y las luces brillantes que parecían los hilos de un vidrio fracturado. Antes de desvanecerse miró a Ángela. Ella no lo sabía aún, pero esta misma escena era la quinta vez que Joaquín la vivía.

Cuando abrió los ojos y miró a su alrededor, tenía su cuaderno de notas en las manos, ese cuaderno en el que comenzó a esbozar la idea de un universo de manto plegable por resonancia, una única malla virtual de la que todo se formó.

El profesor Jean-Philippe Baptiste hizo pasar a Joaquín a la tarima; ya había visto el trabajo de Joaquín y estaba empeñado en armar un equipo para saber si su «loca teoría» era una falacia, o era la realidad que iría a conciliar la relatividad general con la cuántica.

—¡Jóvenes! Escuchen con atención lo que Joaquín va a plantear. Su tarea hoy es refutar la tesis de su compañero. Busquen cada fisura matemática, cada contradicción termodinámica. Demuéstrenle que su tesis es una hermosa fantasía.

Dicho esto, el profesor Baptiste dejó a Joaquín en el centro de la tarima. Las miradas de los veinte alumnos de tercer año de la cátedra de física estaban con sus pupilas enfocadas en su compañero.

Joaquín respiró y cerró los ojos antes de comenzar.

—Buenos días… ¿Y… si el universo ya estaba ahí antes del Big Bang?

Las caras, entre extrañadas y con una sonrisa incrédula, de sus compañeros que se comenzaron a mirar, le parecieron algo profundamente divertido a Joaquín. Lo que acababa de decir era una blasfemia en términos científicos.

—No estoy diciendo que el Big Bang no fue el origen de todo. Sino que antes del Big Bang, y de todo lo que vemos, y también de lo que no vemos, el universo ya estaba ahí… Quieto, en un estado de «falso vacío». Una infinita sábana plana, esperando a tener una pequeña perturbación… Y entonces ocurrió algo que hoy conocemos como el Big Bang, y que no fue una explosión como todos pensamos, sino más bien una perturbación en ese campo cuántico que comenzó a generar fluctuaciones y luego pliegues en esos campos. Cada pliegue fue una resonancia; algunas frecuencias murieron de inmediato, pero otras, los armónicos, se mantuvieron, plegándose sobre sí mismas, hasta formar las primeras partículas subatómicas.

Ahora los alumnos de la cátedra de física teórica tenían toda su atención en lo que Joaquín estaba contando. Miró a Baptiste, y este, haciéndole un sutil gesto con la mirada, le indicó que continuara.

—Este campo al plegarse, y formar estas diminutas arrugas, adquirió lo que hoy conocemos como masa, y cada cúmulo se fue atrayendo con los que estaban cercanos; así se formaron los primeros átomos… Al final… no somos más que un mismo campo plegándose sobre sí mismo, o armónicos de una sinfonía que lleva 13.800 millones de años.

Uno de los alumnos levantó la mano, luego otro, y luego los demás. Joaquín comenzó a apuntar a los primeros para que expusieran sus dudas.

—Ok… Suponiendo que esto fuese así, ¿cómo explicas la expansión del universo que sabemos provocó el Big Bang?

—Imagina que tu punto de referencia es esta sala de clases, y todo lo que te rodea es parte de ese campo. Tú, la sala y el mundo se siguen plegando, achicándose, cayendo hacia adentro. Si todo lo que tienes cerca se achica al mismo ritmo, y tus instrumentos, de cualquier clase e incluso de tiempo, se achican… Si miras muy lejos, a otro cúmulo, parecería que lo que está en medio de ti y ese cúmulo se agranda, pero en realidad, los que nos achicamos somos nosotros. No tendrías forma de saber que eres más chico a cada instante, porque tus referencias también se achican; solo notarías que la distancia, por ejemplo, entre galaxias o cúmulos de galaxias se expande. Es una cosa de perspectiva.

Se hizo un silencio ruidoso lleno de murmullos en la sala.

—¿Quieres decir que la gravedad se debe a la cantidad de arrugas?

—Sí, el espaciotiempo, como lo dijo Einstein, se deforma con la materia. Mi teoría es que el espaciotiempo, la materia y todo lo que conocemos, incluso la energía oscura, se puede explicar por este comportamiento del campo. En las zonas cercanas a una gran acumulación de materia, el campo se estira; en las zonas del universo que se mantienen casi vacías, el campo está prácticamente como en su estado inicial previo al Big Bang.

—¿Y el corrimiento al rojo de la luz de las otras galaxias?

—Supongamos que una galaxia emite una longitud de onda de luz en un estado anterior, millones de años atrás, cuando era «más grande». Después de recorrer el universo y cuando llega a nuestros ojos, esa longitud parece ser mayor a la que nuestros ojos ven ahora; una onda más larga o rojiza con respecto a nosotros. La onda que salió no cambio de tamaño, el observador sí.

Los jóvenes estudiantes se miraron entre sí y varias manos se comenzaron a bajar. Solo una se mantuvo arriba.

—¿Sí? —preguntó Joaquín conteniendo la sonrisa.

—Dices que el Big Bang no fue una explosión, y que el Big Bang solo es una anomalía en el falso vacío que lo obligó a comportarse erráticamente para absorber esa energía… Entonces… ¿Qué produjo esa anomalía inicial?

—La verdad no hace falta una anomalía externa, el falso vacío se puede comportar así, y sin un aporte energético externo cambiar a un estado de menos entropía.

—Pero, ¿no te parece raro que haya pasado en todas partes a la vez? Quizás en un punto es algo normal, ¿pero en el mismo momento en todas partes del campo?

Joaquín miró a Baptiste…

—Ok… Acá tenemos un buen punto… Gracias, Joaquín. Ángela, ¿te gustaría trabajar con Joaquín para poder darle respuesta a tu pregunta?

Ángela miró a Joaquín con cara de haber caído en la trampa de Baptiste. Los demás compañeros se rieron de Ángela. En ese momento quedaron claras las intenciones de Baptiste: no quería refutar a Joaquín, sino encontrar a alguien con tanto juicio crítico que le ayudara a darle forma a su teoría de campo plegado.

Durante varios meses Joaquín y Ángela desarrollaron la teoría, poco a poco y a través de la lógica que había planteado Joaquín. Todos los obstáculos que planteaba Ángela eran posibles matemáticamente y, para sorpresa de ambos, parecían haber dado con la respuesta que conciliaba lo más grande del cosmos con lo más pequeño. Joaquín y Ángela trabajaron hasta que su teoría era tan sólida que entendieron que la clave de todo estaba en las frecuencias y los armónicos: si lograban reproducir la frecuencia exacta, el campo podría desplegarse, y hasta fundirse con otros campos que se encontraban ocultos a nuestra realidad.

Cuando llegó la financiación que Baptiste consiguió, desarrollaron el primer módulo de resonancia inversa. Y en el primer intento probaron con materia inorgánica; al someter al cuerpo de prueba a la resonancia inversa, no pasó absolutamente nada. Luego intentaron con animales de laboratorio, y la desilusión fue grande. Los sujetos de estudio sometidos a las vibraciones inversas parecían no tener ningún cambio. Joaquín pensó en abandonar el proyecto, pero Ángela lo convenció de hacer más pruebas. Fue el sujeto de estudio número 342 el que mostró un comportamiento levemente diferente: un ratón de laboratorio pareció cambiar de personalidad después de la vibración inversa. El animal solía ser muy manso, y luego del experimento salió del cubículo levemente más agresivo. Joaquín lo atribuyó al estrés de la prueba, pero Ángela insistió.

—¿Y si el cambio no se alcanza a percibir porque el manto contiguo a este es demasiado parecido?

—La única forma entonces sería enviar un animal con un comportamiento más complejo —dijo Joaquín, con cierta incredulidad.

—Yo iré…

—¡¿Qué?! ¡¿Acaso estás loca?!

—Tú y yo sabemos que esta teoría es lo más grande que tendremos en nuestras manos en toda la vida.

—No voy a permitir que te arriesgues.

—No ha pasado nada…

—Eso no lo sabemos a ciencia cierta.

—Entonces ten un poco de fe en esto.

—Jaja, no se trata de fe… Son probabilidades.

—Por eso, Joaquín, ponme en el cubículo.

—No, iré yo.

—Ok…

Joaquín pensó que Ángela lo detendría, pero ella, sedienta de éxito, lo empujó suavemente al cubículo.

—Lo pondré por 5 segundos —le dijo Ángela mientras lo sujetaba en el cubículo.

—Está bien…

Cuando Ángela comenzó la cuenta atrás, Joaquín sintió una extraña sensación de déjà vu, luego se miró las manos y recordó…

Cuando volvió a ver su cuaderno de notas, entendió que el mensaje de corrimiento había funcionado; delante de él estaba Baptiste. Miró a los lados, vio a Ángela, y antes de volver a olvidarlo todo comenzó a escribir en una hoja que sacó de su cuaderno. Fue hasta donde estaba sentada Ángela y le pasó un papel.

—Ábrelo cuando yo me haya ido de la sala.

La clase volvió a empezar, pero esta vez Ángela, por la incomodidad de que su compañero le hubiera escrito, no preguntó nada.

—Bueno… Si nadie más tiene preguntas… —dijo Baptiste un poco desilusionado. Él sí creía en la «loca teoría» de Joaquín.

—Me gustaría hacer un pequeño grupo —dijo Joaquín—. Si alguien más está interesado o interesada en desarrollar esta teoría conmigo, me pueden ir a buscar a la cafetería.

Joaquín se bajó de la tarima y se fue a tomar un café con Baptiste.

—¿Qué fue eso de hacer un grupo?

—Voy a necesitar ayuda. Lo que sé, lo voy a olvidar, y hay alguien que sé que me va a ayudar.

—Olvídalo… ¿Los viste? Las preguntas que hicieron fueron casi infantiles, no hay nadie con el pensamiento crítico que te pueda ayudar.

La sombra de Ángela les tapó el sol. Baptiste miró sorprendido.

—¿Cómo sabías?

—Es una larga historia… —dijo Joaquín sin levantar la vista.

—¿Hay algo que yo no sepa? —dijo Baptiste a Joaquín con cara de sorpresa.

—Lo logramos… —dijo Joaquín mirándolos.

Polo Geraldo.

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