Relato coroto de ciencia ficcion Bicho Raro de Polo Geraldo

Bicho Raro

El Uber se detuvo frente al edificio, y la luz de pago se encendió en la pantalla que tenía frente a mí. Mientras sacaba la tarjeta de mi billetera, la cámara de la pantalla me tomó una foto y se hizo el cobro inmediato de mi cuenta bancaria.

—¡Ey, no te pedí que hicieras el cobro automático, voy a pagar con tarjeta!

—Importe pagado con éxito, gracias por viajar con UberMatic…

—No quiero que me cobres con mi cara…

—Entiendo la frustración, Miguel. ¿Quieres que anule el cobro? El reembolso se hará efectivo en 45 días —me dijo la pantalla del vehículo.

—No, ya déjalo así, pero es que no deberías… Ya olvídalo.

—Reembolso anulado, gracias por viajar con UberMatic.

Me bajé del auto compacto de tres ruedas y, al cerrar la puerta, el vehículo se fue. «Estúpidas máquinas», fue lo que pensé mientras veía cómo el carro sin conductor se alejaba de mí.

Miré el inmenso edificio que tenía frente a mí y me apresuré a entrar; tenía la reunión en unos veinte minutos más. Las puertas de acceso se abrieron.

—Bienvenido, Miguel Correa —dijo el pórtico.

—Sí, sí, hola… —dije un poco molesto al sensor de la entrada.

En el vestíbulo del edificio intenté encontrar a alguna persona que me dijera dónde estaba la oficina que buscaba. Salvo otras dos personas que tenían cara de estar tan perdidas como yo, solo había pequeñas máquinas con ruedas haciendo el pulido de un piso que ya parecía espejo.

Me acerqué al módulo de información.

—Buenos días, Miguel Correa. Indícame qué información necesitas —dijo la cara de una chica muy atractiva dentro de la pantalla.

—Eh… sí, tengo una reunión con el señor Mackenna.

—Revisando información… Sí, la reunión está fijada a las 9:30, en la oficina 709… El ascensor B te llevará directamente al séptimo piso. ¿Te puedo ayudar en algo más?

—No, gracias…

Caminé hasta los ascensores; en el ascensor B la pantalla tenía mi nombre. Al llegar, las puertas se abrieron. Entré al ascensor y en la pantalla otra vez la misma asistente me comenzó a hablar:

—Buenos días, Miguel Correa, ¿necesitas alguna información?

—No, gracias…

La pantalla se apagó y el ascensor comenzó a subir. Al llegar al séptimo piso, unos cuatro segundos después, la pantalla se volvió a encender.

—Hemos llegado al destino, la oficina 709 está a tu izquierda.

—Ok… —dije saliendo del ascensor.

Al llegar a la puerta de vidrio de la oficina 709, las puertas se abrieron. En el interior solo había dos sillones y una máquina dispensadora. Otra pantalla se encendió:

—Bienvenido, Miguel Correa, por favor toma asiento. El señor Mackenna está en una reunión, en 17 minutos más te atenderá. Mientras esperas, ¿deseas tomar un café o alguna bebida caliente?

—No, gracias…

—También tenemos bebidas frías y un snack de frutos secos o emparedados.

—No, gracias…

—¿Deseas ver alguna serie o película? Mi sistema indica que ayer no terminaste de ver la película Yesterday, ¿quieres continuarla desde donde la dejaste?

—No, gracias…

Abrí mi maletín, saqué un libro y me puse a leer.

—¿Sabes qué? Sí me gustaría un café —le dije después de leer dos páginas.

—Entendido, Miguel, ¿cómo quieres el café? Puedo hacer un café cortado, un capuchino, un moca…

—Cortado.

—Preparando…

La máquina dispensadora sonó y las pequeñas puertas negras se abrieron; adentro, una taza blanca con mi café estaba lista. Me levanté, lo tomé y seguí leyendo…

—Espero que disfrutes el café, es una buenísima combinación para tu libro Crónica de una muerte anunciada.

—¿Cómo sabes qué es lo que estoy leyendo? —dije mirando para todos lados. Esta vez no hubo respuesta.

Cerré el libro y me tomé el café un poco cabreado por la situación. Me paré y fui a la ventana, con la taza en la mano. En realidad el café no estaba tan malo; la ciudad parecía dormida, y los drones de vigilancia eran lo único que se veía en movimiento. Recordé que hace solo seis años atrás nada de esto existía… Ya ni siquiera se veían personas en la calle, todos estaban conectados desde sus casas a sus trabajos.

—El señor Mackenna está libre para atenderte, Miguel Correa.

Me volteé y dejé mi taza en la máquina dispensadora. Me acerqué a la puerta y toqué tres veces.

—¡Adelante! —se escuchó la voz del señor Mackenna. La puerta se abrió sola.

—Permiso…

—Sí, pasa adelante, Miguel. Por favor, toma asiento.

—Mucho gusto.

—Igualmente, Miguel, me alegra que hayas aceptado venir. Iré al grano, tu currículum nos pareció muy interesante —dijo Mackenna, juntando las manos sobre un escritorio completamente despejado, sin una sola hoja ni pantalla a la vista.

—Muchas gracias —le respondí con cierto orgullo.

—Leí tu crónica sobre la crisis del periodismo en estos últimos años y los efectos que esa crónica le dio al rubro, te citaron en varios periódicos digitales… También supe que habías redactado el texto de contención de opinión pública de MediaCorp, con una maestría y siendo tan brutalmente sincero que me conmovió. Tienes algo raro, Miguel. Sabes encontrar la grieta en el relato oficial, esa emoción sucia que a los algoritmos de síntesis se les escapa.

—Gracias, señor Mackenna. Creo que todavía hay cosas que solo se entienden cuando uno mira a los ojos a la gente y escucha lo que callan, no solo lo que dicen.

Mackenna sonrió con una mezcla de simpatía y condescendencia.

—Precisamente por eso estás aquí. La junta directiva necesita un asesor de comunicación que supervise los comunicados de contingencia antes de que la AGI los distribuya. Queremos esa… «calidez analógica», por llamarla de alguna manera.

El ejecutivo hizo un leve gesto con los dedos sobre la superficie del escritorio y una luz tenue proyectó una ficha técnica en el aire.

—Bien, para la inducción y la firma de confidencialidad solo necesito que sincronicemos el enlace. Puse el protocolo en modo de emparejamiento, pero tu ID neuronal no me aparece en el radar. ¿Qué proveedor de enlace tienes? ¿NeuroLink, CogniCorp o la red estatal?

Tragué saliva. Apoyé las manos sobre mis rodillas.

—No tengo chip, señor Mackenna.

El silencio que siguió fue denso, como si acabara de confesar que no sabía leer ni escribir. La proyección frente a Mackenna parpadeó un segundo. El hombre parpadeó, desconcertado.

—¿Cómo que no tienes? ¿Tuviste un rechazo biológico al implante? Porque la empresa cubre la neurocirugía de corrección…

—No, no es eso. Decidí no ponérmelo. Todos mis artículos, mis investigaciones y mis asesorías las hago a la antigua: computadora aislada, grabadora de voz y apuntes a mano.

Mackenna soltó una risa breve, casi incrédula, y luego suspiró recostándose en su sillón.

—Miguel… por favor. Pensé que venías con un enlace básico de fábrica, no me fijé en ese detalle de tu ficha.

Mackenna miró a la esquina de la oficina un poco nervioso y pasó la mano por debajo de su escritorio. Luego, en susurros, me dijo:

—A ver, entiendo la postura romántica, de verdad la respeto. Pero esto es una corporación. Si ocurre una crisis a las tres de la mañana, no puedo esperar a que abras los ojos, enciendas una máquina, proceses la noticia y teclees un borrador.

—Puedo estar disponible las veinticuatro horas, mi capacidad de respuesta es…

—No se trata de tus ganas, Miguel, se trata del ancho de banda —me interrumpió con cierta lástima.

Mi cara de no entender lo que me estaba diciendo era evidente; jamás me habían pedido antes estar conectado a una red. Mackenna continuó:

—Si redactas un comunicado, tus ideas tienen que sincronizarse en tiempo real con el servidor de la empresa para contrastar el tono y hacer las correcciones de estilo para cada usuario. Son tres millones de reacciones neuronales de nuestros clientes en milisegundos. ¿Cómo vas a corregir un enfoque si la retroalimentación no entra directo a tu corteza cerebral?

Me quedé mudo… No tenía idea de que a cada usuario le llegaba una disculpa oficial de alguna empresa según su perfil psicológico.

—Trabajar con alguien desconectado es como intentar conectar una máquina de escribir a una red de fibra óptica. Es un tapón logístico —sentenció Mackenna.

Me quedé mirándolo. Sentí un vacío helado en el estómago.

—O sea que para poder decirles cómo hablarle a los humanos, primero tengo que dejar de ser uno.

Mackenna arrugó la frente y ladeó la cabeza, tratando de mantener una sonrisa profesional.

—No se trata de eso, todos llevamos el chip y nadie ha perdido su «humanidad». Es simplemente volverte más eficiente y adaptarte a lo que necesita la industria. Además nadie te está obligando a nada, Miguel. Eres libre de elegir. Pero si quieres el puesto, la clínica del cuarto piso tiene horas disponibles para la inserción esta misma tarde. Tardan veinte minutos, lo hacen con anestesia local, cero dolor posquirúrgico… Bueno, piénsalo mientras bajas en el ascensor.

El señor Mackenna se paró y me extendió la mano; yo hice lo mismo y salí de la oficina. Me sentí como un bicho raro.

Cuando salí del ascensor me di cuenta que había quedado obsoleto. 

Fin.


Polo Geraldo

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